Por qué viajar con hijos

Cuando uno planifica un viaje de vacaciones evalúa las diferentes alternativas posibles. Ellas dependen de variables que nos condicionan, como ser el destino, distancias, horas de viaje, idioma, de recorrer, de descanso, clima, temporada alta o baja, tiempo de estadía, precio, desplazamiento, comodidades de pago, etc.

El mayor condicionante que encuentro generalmente cuando cuento, a familiares o amigos, que me voy de vacaciones es otro: los niños. Parece ser que el único lugar admisible por la sociedad para viajar con niños es Orlando (Florida) y visitar sus parques.

El común de la gente no ve al turismo con niños como una buena idea. Y es habitual escuchar la pregunta “Cómo se te ocurre viajar ahí con los chicos? Qué ganas de sufrir!!! Ese viaje háganlo cuando los chicos son más grandes, y lo hacen solos, con tu pareja.”

Este consejo viene incluso de nuestros amigos más cercanos. No los critico, porque no voy a negar que a principios tenía mis miedos e inquietudes: cómo se van a comportar los chicos en el avión? cómo vamos a hacer para recorrer tal ciudad con los dos niños a cuestas?

Pero el camino se va haciendo al andar. Y luego de un tiempo, y varios viajes realizados, tengo la respuesta a la famosa pregunta “Cómo se te ocurre ir ahí con los chicos?”

En un mundo de inmediatez y apuro, pareciera ser que la propuesta de postergación no corresponde con el paradigma, parece obedecer a la comodidad propia de quien no quiere arriesgar. Y el que no arriesga no gana, al menos en este caso.

Viajar con mis hijos transforma el destino en un lugar absolutamente único e irrepetible, independiente de la estética y comodidades del lugar.

Cuando nacieron mis hijos, Joaco y Luigi, recuperé la capacidad de recordar momentos y lugares con la claridad que solamente tenía cuando era un niño.. Recuerdo los olores, sonidos y hasta incluso el clima de los diferentes momentos que fui compartiendo con ellos. Una percepción absolutamente ampliada de los eventos y lugares.

Si podemos complementar esta percepción con la oportunidad de viajar a un lugar que para nosotros sea nuevo, el turismo se potencia.

No podré jamás olvidar la ciudad de Pisa (Italia), con mis niños jugando en el parque donde se encuentra la famosa Torre inclinada. La postal cambia rotundamente. No importa si ese día estaba gris o había sol. No es solo la foto de recuerdo de donde estuvimos. Es una foto absolutamente cargada de nostalgia de un lugar al que no podré volver sin recordar el momento vivido. Volveré a Pisa, pero la sensación nunca será la misma. Dicha nostalgia no requiere de mucho tiempo. Funciona desde que el avión aterriza de nuevo en nuestro país. Es inmediato.

Así como Pisa, tengo recuerdos hermosos de lugares cuyas postales nunca podrán ser igualadas. Lugares que quizás no cuenten con sitios turísticos tan famosos o renombrados, suelen ser parte de esta postal mágica con hijos.

Recuerdo una plaza en Winchester (Inglaterra); tomar una sopa en un pequeño bar en las calles de Ávila (España); mirar barcos pasar por el Gran Canal desde la habitación del hotel de Venecia (Italia): admirar la caída del sol en la playa de Naples (USA). Situaciones simples en lugares únicos compartidas con nuestros niños, accionan el disparador de esta cámara fotográfica mágica que llevamos dentro nuestro.

Recuerdos imborrables. Sonidos y aromas en el aire que uno rememora de forma constante. Fácil sonreír y hasta emocionarse con recuerdos de esos viajes.

Entonces hoy me pregunto: Cómo hago para viajar sin mis hijos? Quiero volver a lugares que conozco y repetir el viaje con ellos.

Claro está que viajar con hijos pequeños nos incomoda en varios momentos. Desde la preparación hasta el regreso al hogar. Se deben prevenir toda clase de eventualidades. Sin embargo cuando uno inicia cada viaje, va perdiendo ese temor a no pasarla bien.

Es muy común ver las caras de las personas aterradas en las filas de embarque de los vuelos, cuando nos cruzan con los niños. La gente piensa que los niños llorarán todo el viaje. No obstante, es raro ver niños llorando todo el vuelo o a toda hora. Es más común encontrarse con personas que roncan fuerte o tienen mal olor. Pero los niños gozan de mala fama y no tienen muchos defensores públicos.

El consejo es: tomemos el riesgo, aprovechemos el momento mientras nuestros niños tengan la edad de acompañarnos sin mayores objeciones y disfrutemos los destinos turísticos con esta percepción ampliada de sentidos. Son vacaciones para el alma. No hay después para estos viajes.

Berchy.

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