Roma: primeros días.

Relais N*9-Coliseo

El vuelo por Alitalia había estado genial y Roma nos recibió con un bello atardecer. En este viaje habíamos decidido que lo que más iba a prevalecer a la hora de elegir el alojamiento, sería la ubicación. Y así fue.

En dicho país hay apartamentos que se llaman Relais y que tienen la característica de ser cómodos, lindos y estar bien localizados. El primero que elegimos fue el Relais N*9 Colosseo, porque se encuentra exactamente frente al Coliseo. Desde la ventana de la habitación se ve parte de dicha construcción y eso realmente lo hizo encantador. El hotel no era lujoso pero era muy acogedor para nosotros. Y nada superaba aquella increíble vista que nos hizo vivir Roma a flor de piel.

Trastevere
Trastevere

Una vez realizado el check-in, desempacamos las maletas, nos bañamos todos y, ya habiéndose hecho de noche, nos fuimos caminando a cenar a la zona gastronómica de Trastevere. Hermoso lugar con calles empedradas, mesas para comer en las aceras y una interesante oferta de restaurantes y bares.

Por ser la primera noche, quisimos probar la típica pizza italiana (excepto Luigi que sólo comía papilla con sus apenas seis meses de edad). Comer en este país nos ha resultado muy fácil siempre. Tienen muy buena gastronomía y precios accesibles. En ningún momento el tema de la alimentación para los pequeños fue una preocupación.

Cuando volvíamos para la habitación se largó una copiosa lluvia que hizo que llegáramos bastante mojados al hotel (salvo los niños que estaban resguardados con el cobertor de lluvia en su carro).

Al otro día arrancamos temprano para la zona del Coliseo. Compramos un chip de telefonía prepaga que nos permitió poder usar Google Maps como mapas, aunque también pueden descargarse las rutas para usarlas luego sin conexión. Pero tener Internet en el celular nos facilitó un montón de cosas. Valió la pena realizar dicha compra.

Monte Palatino
Monte Palatino

Las entradas al Coliseo las sacamos previamente por la Web. El ticket completo incluye el ingreso al Foro Romano, al Monte Palatino y al Coliseo. Primero hicimos el Monte Palatino y el Foro Romano, y dejamos el Coliseo para la tarde así  nos evitamos el acumulamiento de gente y de filas.

Luego de esa recorrida seguimos caminando hacia el monumento a Víctor Manuel II y la Plaza Venecia y aprovechamos para conocer el Campidoglio.

Ya cerca del mediodía nos fuimos en taxi para la tranquila Villa Borghese, un poco alejado del centro de Roma. Se trata de un gran parque que tiene en su interior museos y edificios dignos de visitar. A su vez, hay allí un trencito turístico que te lleva a recorrer todo el lugar en donde hay también un bonito mirador de la ciudad. Yo lo hice con Joaco ya que a los niños les encanta este tipo de paseo. Berchy y Luigi se quedaron en el parque.

Además ingresamos a la Galería Borghese, que es un excelente museo de arte en el que puede encontrarse obras de artistas tales como Rafael, Caravaggio, Tiziano, Bernini, entre otros. Sacamos las entradas en el mismo momento y no tuvimos que hacer cola.

Villa Borghese
Villa Borghese

Después de estar varias horas en el parque decidimos dirigirnos hacia el Coliseo. Entramos sin necesidad de hacer una fila larga y tediosa (eran aproximadamente las 16 horas).

El Coliseo es el símbolo de Roma sin dudas. Aunque cuenta con ascensor, hay partes que son difíciles de acceder con el carro de niños, pero nada que sea imposible de recorrer. Allí le compramos a Joaco dos gladiadores romanos de Playmobil con los que juega hasta el día de hoy.

Al lado del Arena, se encuentra el Arco de Constantino. El imponente Coliseo es lo que podríamos decir un imperdible de esta gran metrópoli. Por suerte pudimos también conocerlo de noche e iluminado, gracias a que el hotel estaba justo enfrente. Si hubiéramos estado más lejos probablemente no lo hubiéramos visto bajo la luna.

Cuando llegamos a la habitación nos bañamos y salimos a comprar comida para traer al hotel. Después de un gran trajín, preferimos que los chicos descansen, coman tranquilos y se duerman temprano.

Al otro día emprendimos nuestro segundo día completo en Roma, para hacer lo que no habíamos hecho el día anterior.

Entre ellos fue la famosa Plaza de España, aunque sólo fuimos a conocerla porque subir los 135 peldaños que tiene, es algo casi imposible para hacer con un carro y dos niños dentro de él.

También fuimos a la Plaza de Pópolo, en donde hay un obelisco egipcio de 24 metros, además de encontrarse allí la Iglesia de Santa Maria de Pópolo que en su interior contiene importantes obras renacentistas.

Aprovechamos para visitar el mercado de Trajano que son ruinas de un antiguo centro comercial que data del Siglo II. El paseo es muy accesible para hacer con carros de niños ya que se pueden caminar mediante unas pasarelas que recorren el complejo.

También paseamos alrededor de la Isla Tiberina, que se encuentra en el río Tíber; el Arco de Tito, que se hallaba a tan sólo 300 metros de nuestro hotel; y caminamos sin rumbo fijo por las calles de Roma.

Al caer la tarde regresamos al alojamiento para asearnos, cenar y preparar las maletas porque al otro día abandonábamos la ciudad para iniciar el recorrido por el Centro-Norte de Italia.

Lo que nos quedaba pendiente lo dejamos agendado para nuestros últimos días del viaje.

La comida era rica y bastante parecida a la de nuestro país, salvo que aún no sabíamos dónde comprar leche maternizada (todavía no nos preocupaba demasiado porque teníamos las leches para Luigi y la chocolatada para Joaco que habíamos llevado desde Buenos Aires).  Además el clima era agradable.

Con esos dos días de experiencia ya habíamos llegado a una conclusión: Roma es una bella ciudad en la que se convive con el pasado permanentemente. Pasado y presente coexisten en la capital italiana. Los italianos eran amables y todos nos decían que era una locura viajar con hijos, a nosotros nos resultaba simpático ese tipo de comentarios.  Todo indicaba, que iba a ser un gran viaje…

 

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